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Historia de una transición: de Roberto a Julieta, de arquitecto de una multinacional a dueña de un café en Recoleta

Padres italianos, familia humilde, esfuerzo enorme para lograr el título en la facultad de arquitectura, la certeza desde la infancia de que era gay… hasta que llegó el momento de encontrar su verdadera identidad. Con emoción, revelando sus miedos, jugando con el humor, Julieta Impellizzeri descubre una mujer que se animó a ser feliz.

Tanto que había sufrido los prejuicios de los demás, Julieta no se había dado cuenta de que ella también podía ser muy prejuiciosa.

Lo descubrió el día que, con su socia la economista Fernanda Mayo, decidió abrir un café de diseño (un multiespacio donde conviven el arte con la bijou, la ropa, los objetos de decoración y las tazas de Limoges), en el corazón del barrio porteño de Recoleta. En plena pandemia por COVID-19, cuando ya estaban por inaugurar, un temor la carcomía cada noche antes de dormirse: “Yo que no le temo a nada, tenía miedo de ser rechazada. Pensaba que a la gente del barrio podía no gustarle nada que una chica trans los atendiera. Pero todo fue al revés de lo que creía… ¡Me emocionó darme cuenta de que estaba muy equivocada! Eran prejuicios míos”, dice desde su metro setenta y con la voz apagada por el barbijo, Julieta Impellizzeri.

Definitivamente es una persona llamativa. Lleva el pelo largo con mechas rubias y está enfundada en una maxifalda traslúcida que combinó con unas cancheras botas texanas. Mientras dispone prolijamente sobre la mesa unos platos de porcelana inglesa y unos muffins, cuenta su vida. La desgrana con la alegría de la persona que ha superado las tensiones y ha resuelto conflictos.

Ella, que nació como Roberto; que se recibió de arquitecto en la Universidad Nacional de Rosario y que, hasta marzo, trabajó en una multinacional alemana, acaba de abrir como Julieta, una mujer trans, su propio emprendimiento.

Una infancia como cualquiera

“Con mi hermana melliza Liliana nacimos un 6 de febrero de hace unos cuarentaitantos años. Mamá y papá eran italianos de Agrigento, Sicilia, pero se conocieron en Argentina. Eran muy humildes, aun así llegaron a tener una pequeña empresa, en Rosario, donde fabricaban piezas para motores de camiones y tractores”, recuerda Julieta.

Los mellizos de bebe: Roberto (hoy Julieta) y LilianaLos mellizos de bebe: Roberto (hoy Julieta) y Liliana

Antonina Militello y Roberto Impellizzeri no tuvieron suerte en lo económico. En ese hogar humilde, se criaron los mellizos Roberto y Liliana. Cuando la PyME que tenían no dio para más, fue Antonina la que se puso la casa al hombro y empezó a vender ropa. Robertito la ayudaba empujando las valijas cargadas con prendas hasta el colectivo 219, dónde su madre se subía “cargada con pilchas para ganarse el mango”, rememora hoy Julieta.

Como era previsible para la época, a Liliana la mandaron a un colegio de monjas y a Roberto, el varón, a un colegio técnico. Ya en la secundaria, Roberto comenzó a soñar con ser arquitecto.

Roberto que hoy es julieta con su melliza LilianaRoberto que hoy es julieta con su melliza Liliana

“Mis padres estaban superados por los problemas económicos así que andaban un poco ausentes de nuestras vidas cotidianas”, relata. También recuerda que en su niñez jugaba a la pelota y tenía muchos amigos. Del secundario, salió con el título de maestro mayor de obra. Luego, vino el desafío de entrar a la facultad de arquitectura.

Mientras, Liliana se casaba y tenía cinco hijos, Roberto optó por pelarse los ojos estudiando y armando maquetas. Perseguía su sueño con tesón.

Julieta y su hermana melliza Liliana, hoyJulieta y su hermana melliza Liliana, hoy

“Fue mucho esfuerzo estudiar porque en mi casa no había un mango. Éramos pobres. Pero mis padres me cuidaron para que pudiera hacerlo. No me exigieron trabajar. Mi vieja se atribuye un poco el título y siempre dice con orgullo ‘mi hijo el arquitecto’”, se ríe Julieta satisfecha.

Novia y novio

En esos años de intenso estudio, Roberto, tuvo una novia: “Me gustaban las mujeres, pero era una cuestión más estética que otra cosa. No era atracción sexual en absoluto”.

A los 23 se recibió con casi ocho de promedio. Fue por entonces que un día le confesó a su novia que la cosa no iba más. Que a él, en realidad, le gustaban los hombres. Vivi, así se llamaba su pareja, con el corazón roto, le propuso hacer terapia juntos para tratar de superarlo. Pero Roberto lo tenía todo muy claro, no tenía que analizar nada. La sinceridad le funcionó bien y hoy son grandes amigos.

“A mí siempre me gustaron los hombres. Desde chico. Yo sabía con claridad que no iba a tener nunca una relación sexual con una mujer. Tenía novia porque había que aparentar, porque quedaba bien. Siempre, en mi interior, me consideré gay, pero no es que quisiera ser mujer. Tenía facha, me gustaba ir al gimnasio, tenía los músculos marcados y me encantaba estar bronceado”, cuenta con sinceridad absoluta y sin poses.

Julieta con su hermana melliza Liliana y su abuela.Julieta con su hermana melliza Liliana y su abuela.

En eso estaba, cuando conoció a Andrés. El joven trabajaba en una parrilla y, mirada va mirada viene, terminaron saliendo. Fue su primera relación con un hombre. Se enamoraron y decidieron irse a vivir a Europa, lejos de todo. “Quizá fue para escaparnos de la mirada del resto… pero también fue para irme de mi casa y cortar un poco el cordón”, reflexiona.

Recalaron en Alemania, primero, y luego, en Italia. Al poco tiempo de irse, se enteró de que sus padres se habían separado.

En Sicilia, Andrés y Roberto trabajaron de sol a sol en restós, bares y en una heladería. Hasta que la pareja se terminó y decidieron que ya era tiempo de volver.

La decisión de Roberto

La transición de Roberto a Julieta comenzó en Europa y continuó en Buenos Aires. En la gran ciudad, se instaló en una pensión de mala muerte. Pero un mes después ya tenía un buen trabajo y pudo alquilar el primer departamento en Recoleta.

En su búsqueda laboral siempre se sintió aceptado. Pasó por varios trabajos y fue su buena relación con los clientes, su carisma innato, la que le granjeó ascensos. Si bien su transición ya estaba en marcha, todavía se vestía como Roberto.

Cuando Julieta era Roberto.Cuando Julieta era Roberto.

“Nunca fui de hacerme rollos. Siempre desdramatizo. Fui clara diciendo quién era yo en todos los trabajos en los que me postulé”, explica Julieta.

Trabajó en Gowa’s argentina; luego en Iluminación Agüero y más tarde colaboró con los arquitectos que hicieron el primer local de Morph en el Buenos Aires Design. Siguió su camino en Modular y, finalmente, entró a la multinacional holandesa Hunter Douglas, donde estuvo durante siete años. El siguiente paso fue otra multinacional, la alemana Miele.

El chico gay y arquitecto había llegado a ser gerente de ventas de una multinacional. Ni en sus mejores sueños había aspirado a tanto.

Su pareja de ese momento, Leonardo, fue clave en este cambio radical y hasta le sugirió su nuevo nombre: Julieta (Matias Arbotto)Su pareja de ese momento, Leonardo, fue clave en este cambio radical y hasta le sugirió su nuevo nombre: Julieta (Matias Arbotto)

Pero luego de tres años de tratamientos con cremas en gel con hormonas y pastillas, estaba logrando el cambio que había comenzado en Italia años atrás y que tanto deseaba. Julieta ya asomaba; Roberto, quedaba atrás. Lo que había comenzado como un juego, poniéndose unas bucaneras de charol baratas, pugnaba por salir a la luz del día. “Lo lúdico se convirtió en necesidad vital”, reconoce. Chau trajes y looks varoniles. Su pareja de ese momento, Leonardo, fue clave en este cambio radical y hasta le sugirió su nuevo nombre: Julieta.

“Fue Leo el que me empujó a sacar el costado femenino que tanto había guardado. Empecé a vestirme de mujer y me sentí… ¡bárbara! Pero esto que sucedía puertas adentro y yo necesitaba expresarlo a los ojos de todos”, se sincera.

Nace la emprendedora

“Mi transformación fue muy elocuente así que opté por dejar la multinacional y elegí otro camino: convertirme en emprendedora. Me asocié con Fernanda y pusimos este café que tiene un nombre que resume mi vida y la pandemia: Liberté”.

Consiguieron un local para alquilar y pusieron manos a la obra. Desde la iluminación hasta pintar las paredes. Todo lo hicieron ellas: Julieta y Fernanda. Roberto ya no existe más que en su documento, un trámite que fue demorado por la pandemia.

Julieta en su café Liberté en RecoletaJulieta en su café Liberté en Recoleta

Abrieron sus puertas el pasado 1 de octubre: “La reacción de los vecinos venció todos mis prejuicios. Hoy te diría que la gente es mi mayor capital. Creo que cosecho respeto porque soy educada y respetuosa. Una clienta de 78 años, cuando le conté de mis miedos a ser rechazada, me dijo matándose de risa: ‘Pero ¡¿de qué me voy a asombrar yo a mi edad?!’”.

Desde enero únicamente se viste de mujer y es feliz con lo que le devuelve el espejo: “Me gusta lo que veo”. Le pregunto si alguna vez extraña a Roberto. Sonríe y dice con firmeza: “Nunca”.

A tal punto está convencida que, en septiembre pasado, pasó por el quirófano y se puso lolas. También se hizo redondear el mentón, se retocó la nariz y la frente. Julieta quería borrar los rasgos más rígidos que quedaban de Roberto. Remata con risas: “¡Qué caro sale ser mujer! Como hombre gastaba mucho menos. La depilación definitiva, el pelo, las cremas… ¡todo es carísimo!”.

La mirada de los otros

“Hay algunos que cuando ven una persona trans tienen un estereotipo equivocado en la cabeza. Yo nunca fui promiscua ni lo sexual ha ocupado un lugar importante en mi vida. Una sola vez, un tipo joven me dijo algo ordinario en una parada de colectivo. Lo miré y, con educación, le respondí que no era la persona que él creía que yo era. Lo tomó bien y me terminó pidiendo disculpas. Si uno trata con respeto, te tratan con respeto. Nunca me sentí discriminada. Pero me pesaba la mirada de lo que podían ver en mí… me preguntaba si al mirarme la gente vería a Roberto con peluca”, cuenta sin perder jamás el humor. “Las personas tienen que saber que una chica trans no es sinónimo de prostitución o de drogas o de necesidad económica. Yo tuve la suerte de poder estudiar, de aprender, de viajar. Quizá por eso puedo estar bien plantada en mi lugar”.

Contarle a mamá

Cuando cortó con su novia, sus padres preocupados contrataron a un detective privado para que lo siguiera. Querían saber en qué andaba. El detective descubrió que Roberto salía con un chico. Esa etapa familiar fue difícil, sobre todo para su papá que terminó por apartarse de la familia.

Tiempo después, cuando llegó el turno de contarle a su mamá Antonina sobre su cambio para llegar a ser Julieta, ya no le resultó tan complicado.

Julieta con su mamaJulieta con su mama

Antonina le dijo: “Vos esto lo tenés desde chico… Yo soy feliz si vos sos feliz. ¿Qué puedo tener en contra tuyo? Yo te acepto. ¡Qué lindo que estás!, más lindo que tu hermana…”.

Julieta no se enoja porque su mamá le diga lindo en vez de linda: “La vocal, no me cambia nada. La vocal no te da más amor”. Antonina se ríe y le reconoce que le cuesta sacar esa vocal masculina y agrega un elogio: “Si de varón eras lindo, ¡de mujer sos una bomba!”

Antonina es, con 77 años, modernísima. Ella misma buscó una psicóloga especializada en chicas trans para hacer terapia y entender mejor el camino elegido por su hija.

A Liliana, la hermana melliza, nunca hubo que explicarle nada. Siempre estuvo al tanto de cada paso que dio Roberto para llegar a ser Julieta.

Cambio de sexo e hijos

Cuando se le pregunta sobre si tiene en mente un cambio de sexo para eliminar sus genitales masculinos, Julieta responde con convicción: “No. Hasta acá llegué. No pienso operarme. Siento que soy una chica trans, yo no pienso que soy una mujer. Conozco chicas trans que se sacaron los genitales y tuvieron graves problemas psicológicos. Yo me pregunto… ¿¿sin genitales voy a tener un orgasmo?? Además, hay una realidad que no podemos ignorar. Si un hombre busca una chica trans, busca también el órgano masculino. Si no, buscaría a una mujer corriente”, se sincera.

-¿Tenés una asignatura pendiente? ¿Por ejemplo, tener hijos?

-Nooo. Crecí pensando que los gays no tienen hijos. Nunca fantaseé con ser papá o mamá. Tengo sobrinos y ahijados y eso me alcanza. Pero sí tengo una asignatura pendiente, pero es algo que ya no puedo resolver. Me hubiera gustado hablar más con mi papá. Tener una mejor relación con él, más cercana. Siento que en muchos momentos me falta mi papá, es como que no lo tuve. Quizá hoy -él murió hace muchos años- manejaría las cosas de otra manera. Me acercaría yo, ya que él quizá no supo manejar bien la situación.

"Siento que soy una chica trans, yo no pienso que soy una mujer", dice  (Matias Arbotto)«Siento que soy una chica trans, yo no pienso que soy una mujer», dice (Matias Arbotto)

La elección de ser Julieta la hace feliz y la sitúa dónde quiere estar. Hoy los vecinos pasan por su café y la saludan por su nombre. Las señoras mayores le piden que les guarde “esa mesa” donde justo pega el sol y le cuentan sus vidas… Julieta ya se siente parte del barrio.

Su lucha por seguir construyendo su propia felicidad continúa. No en vano estudió arquitectura. Sabe que la tarea es ardua y que toda edificación necesita cimientos sólidos. Eso es lo que hace cada día, ladrillo a ladrillo, cuando abre su local sobre la coqueta calle Arenales y comienza a servir, con alegría, sus cafés y sus muffins.

Su negocio Liberté le regaló el significado más profundo de la palabra.

//  infobae

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